Monday, December 21, 2009

El nadie.


La idea del uno y el todo es una idea raíz. También principio. A nuestra mentalidad austera para interpretar, verdades profundas, pasa por hecho el entendimiento poético de algunas enseñanzas que permanecen en lo eterno. Pienso sobre todo en lo trivial que puede aparentar, por ejemplo, el ideal plotinico; o a su vez, la difusión de la totalidad entre los discursos holistas del new age. Me gustaría pensar, en un ritmo entusiasta, al respecto. Inclusive trascendental. Pero la observación del movimiento de los cuerpos; en la actualidad, sólo me llevan a detectar lo contrario. Es como si cada nombre portará un vigilante externo, a manera de dedos en forma de ojos, incrustados por toda la sombra del ego. Me deleitaría observar más gente, captando el fluir insensato del cielo, los rompecabezas de nubes que figuran cualquier ornamentación posible en la ciudad. No obstante, sólo observo difusos yoes con el deseo impuesto de pulir una imagen. Entonces: la totalidad se vuelve una transparencia.

Miro como los niños van perdiendo la inocencia en la medida en que van aprendiendo a nombrar las cosas. Cosas que ni siquiera coinciden con palabras, o lo que es lo mismo, irregularidades entre signos y significantes. Picardelli no es Picardelli bien lo afirmaba Russel. O, el tan famoso vínculo inexistente entre lo que se dice y lo que se hace: irregularidades. No obstante; navegamos en el simulacro de la coherencia. Y cada instante pulso más la intraducibilidad del universo con estas paranoias humanas. Deleuze: “La cuestión no es quien soy, qué hago, qué quiero. En la totalidad no hay nadie” Pero, ¿Cómo le enseñamos esto al niño cuando pregunta quién es? Todo mundo le pregunta cómo se llama. Y el contesta automáticamente el signo que se estipulo institucionalmente en su acta de nacimiento. Si no se le pone nombre no existe, no podrá ingresar, a la maquinaria de salud y mucho menos educativa. Hecho: tiene que ser.

¿Cómo me quito el nombre y me afirmo como nadie? En el tao sé que vengo de la nada y voy a la nada. Asunto sencillo, para enarbolar nuestras metáforas citadinas, en cualquier charla de café o reunión intelectual. En donde como afirma E. Morin: El mundo de los intelectuales, escritores o universitarios, que debería ser el más comprensivo, es el más gangrenado bajo el efecto de una hipertrofia del yo asumido por una necesidad de consagración y de gloria. Bien, no quieren ser nadie, porque siguen soñando que representan lo más sublime de una época. Demasiada importancia para la imagen del artista, por ejemplo, que tiene que exhibir su majestuosidad por todas partes. Porque sí no, también no existe. Pero, esa inexistencia, en lugar de interpretarse como una virtud; más bien resulta un obstáculo para su legitimación social. Entonces saldrá al mundo a ofertar lo maravilloso qué es. Y sí no halaga, cuando tiene que halagar algo que no le parece, perecerá como un marginado, o peor aún, como un inadaptado social.

La vida se encarga por diversos medios de educarnos para asumirnos como nadie. Hay ciertas lecciones indiscretas, que nos lanza como flechas enfurecidas con rabia de serpiente, que se inmiscuyen silenciosamente, en ciertos periodos en que como diría Nietzsche “nos hemos hinchado demasiado y a la menor picazón podemos caer”. El universo es sabio, y como dicen por allí, cada quien está en donde merece. Por eso, cuando en la vida uno ha llegado a cierto nivel de conocimiento, en el que sabe cómo actuar, y lo sigue postergando, llegan pequeñas destrucciones. Por cierto: nadie está exento de pasar por aquí.

Y bien, no quisiera escribir la palabra difícil, pero asumirse como nadie en este universo social de banalidades es algo utópico. Puesto que toda la maquinaria social está diseñada en orden contrario. No obstante, es fácil detectar el nivel de comprensión de la totalidad en un humano cualquiera. No teme por su prestigio, ni por el juicio ajeno, muy distante danza de todo ello. Pertenece y no pertenece al mismo tiempo. Te da la mano y no te echa en cara la fatalidad e ignorancia momentánea para resolver las cosas. No tiene miedo, pues se asume instante a instante en el uno y el todo.


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