Thursday, May 01, 2014



Debo admitir mi gusto por cierta Filosofía Occidental, por ciertos pensadores, por ciertos conceptos, por ciertos placeres del pensar. No obstante, es una adicción pasajera que deviene en un distanciamiento tajante, cuando el pliegue o precipicio conjetural me vela el mundo. Es decir, trato de no descifrar el mundo por rejillas lingüísticas ajenas, aunque en realidad, ello es casi imposible de alcanzar. Sin embargo, insisto: mantengo un espacio, una zona vacacional donde la seducción de mis pensadores favoritos no terminan por devorarme. Trato de vivir al flote en epojé. (De vez en cuando). Y también, trato de sincronizar (Me) en cierta atemporalidad del espíritu al menos a través de la música u otros paliativos. No me puedo conformar con experiencias ajenas, pues al fin y al cabo, son órdenes empíricos y aparatos conceptuales que responden a los temperamentos y necesidades de ciertos individuos, arrojados a la imperiosa necesidad de encapsular ese devenir loco e impuro que siempre sobrepasa nuestras paranoias y argumentos del mundo. Es bonito el orgasmo intelectual. Así como también es maravilloso tener respuesta para todo o para casi todo. Pero, repito: es necesario inhalar de vez en cuando todo el aire que se pueda atorar en cierta zona del cerebro y no pensar. Reposar el lenguaje que nos habita de manera inmanente y sobre todo ser consciente de nuestros límites gramaticales. Sí, Wittgenstein  otra vez. 








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