Wednesday, July 04, 2007

Me instalo solo, en un café; vienen a saludarme; me siento rodeado, solicitado, halagado. Pero el otro está ausente; lo convoco en mí mismo para que me retenga al margen de esta complacencia mundana, que me acecha.Apelo así a su "verdad" (la verdad de la que él me da la sensación) contra la historia de seducción en la que siento deslizarme. Hago responsable a la ausencia del otro de mi mundanidad: invoco su protección, su regreso: que el otro aparezca, que me retire, como una madre que viene a buscar a su hijo, del brillo mundanal, de la infatuación social, que me restituya "la intimidad religiosa, la gravedad" del mundo amoroso.
(X... me decía que el amor lo había protegido de la mundanidad: camarillas, ambiciones, promociones, poderes: el amor había hecho de él un desecho social, de lo que se regocijaba).

R.Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso.

1 comment:

edegortari said...

El amor como algo que protege de la mundanidad. Ciertamente es así. Me gustó tu blog. Saludos.

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