Tuesday, September 25, 2012


1.    Vivo platicando con la vela de las flamas rojas y un amuleto sufí en los pies. Desde que aprendí  ha leer las burbujas invisibles de los otros. Ningún “Yo” me parece interesante. Todo es tan descifrable y codificable al instante. Instante, instante. Las esferas del palacio de trivialidades sensibles succionan los arrecifes de los oraculares incipientes a. Sabor. Encuentro al paso, alguna irregularidad en las costillas, sobre todo, cuando la estrafalaria signatura de los parquecillos al centro de un planeta mudo. Pretende, seducirme otra vez… máscara. Claro: ningún orgullo es más insignificante que otro. Ningún. Ninguno.  

2.    Respiro la salida de varios no-laberintos. En alguno, juego la arrogancia de los múltiples nombres en la pantalla, en ningún ningún;  simulo la voracidad de las caídas torrenciales. En otro, puedo fingir mucho glamour. Sabiduría, belleza. ¿Qué más? Todo eso que llaman: el instantáneo mareo de los aplausos. Va. Inmortalidad en una caja de corn flakes. Uno dos tres. Entonces, cero no sé, quién soy. Resulta nulo. Obtuso de narrar. Luego, tres menos uno, dos: vago en el Monte Shasta y comulgo con la simplicidad. Simplicidad mortal. Sí. Entonces, entonces, entonces. Gano. Sí. Desaparecí. Algo ajeno a mí, ha mutilado mis nombres. Una redención cirenaica entumece mis tiempos. Al tiempo: “me vestí sin ruido, me dije adiós en el espejo, bajé, escudriñe la calle tranquila y salí”

3.       Salí. 

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