Tuesday, September 25, 2012


Hay tres opciones susurrándome la espalda. Como todo buen espectador de “ las lógicas del mundo”, me entretuve con algunas explicaciones. De vez en cuando, amalgamé conclusiones, criptogramas, dinastías de suaves redenciones... Sufrí la tentación pirrónica como  cierta perdida de mentira infantil. Las caminatas en la nave espacial sobre mi almohada, no anestesiaban las preguntas de naturaleza. Aletheia. Morí algunos siglos en un párrafo que dictaminaba profecías matemáticas. Otras, olorosas santas embalsamadas, zigzagueaban músicas calladas en mi nada significativa. Por cierto. Una letra rasgó el cielo rojo de toneladas de coral, y permanecí incolora en varias sastrerías. En ocasiones, portaba la pantomima de un juego de marioneta iluminada. Otra, escaneaba la ruta futura de las hechiceras irlandesas. Padecía los triunfos de un renglón recién inacabado. En varios ciclos. Natural, como cualquier sentimiento inmaculado, enrarecí las galaxias de mis vidas. Entonces, aprendí a caer poco a poco, sobre los renglones no escritos de un libro imaginario. Con el deseo, una, pierde la libertad. (Pensaba). Luego, las afirmaciones de las fragancias secas en madera, robustecen otra vez mi abecedario, y vuelvo a. Latir. Mujer tortuga mira más la música que el agua. Mujer tortuga toca más la música que el viento. Mujer tortuga, dos óperas después: “Al lenguaje de la ficción se le pide una conversión simétrica” Por eso, simetricé los labios azulados de verdad, en un escapulario de lagartos vivos. Posaba conversar con los animales como quien se trasluce infinito ante la crudeza de un poema frio. No renunciaba a las fechas occidentales. El lúcido Hermes Trimegistro no existió. Hipócrates tampoco. Podría, decirse, por ejemplo. Que un saber tan cruel intentaba escapar de Neptuno. Que la genealogía del beso abstracto ha muerto. Que la arqueología del silencio. Dictamina los últimos renglones. Que deje de teclear. Que borre la pantalla. Que es preciso, dormir, hoy en blanco. Dormida, ya, en la blancura de una tertulia ochentera. Amamanto una sensación que no lleva título. El título, el título, es verdad. Aletheia. Epoje. Ereignis. Todos hemos vivido en la casa de Asterión. Alguna vez. ¿Recuerdas mis días en la esfera de metal? ¿Recuerdas? ¡Tanta inocencia en la ventana! ¡En el vacio! En la frugalidad de la comida barata. Corrida. Despertar. La bóveda de respuestas inalámbricas viene nadando esta noche. Claro, me sentí por un tiempo indeterminada. Incierta. Por eso, escribí. Por eso, bailé. Por eso, respiré. Quería soñar bajo árboles ingleses y regresar a la bola de cristal. Adentro ya. La percibidora  abstracta del mundo. Se ha vuelto infinita… Es una dinastía luminosa la que le guarda los labios. Es ya, la señal. ORAR. Callar.

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