Wednesday, May 01, 2013



Diminuto espejo de hexagramas celtas. Diminuta caricia en la costilla suya. Hombro lunar izquierdo. Volcán henchido de salamandras victoriosas. Cúpulas de sal astral. La línea suprema de esa escena contenida en la sonrisa de un sol lunar desaparece el precipicio de las sumas. Numerar los besos en el contentario petrifica las ecuaciones post.dramaticas en la pared. Por eso, nadamos al revés. Por eso, lloramos de aforismos maquillados de claveles y abecedarios cero. Luego, el alquimista de los tes azules enarbola nuestra mirada en un brillo perpetuo de encendernos. La corona de la emperatriz y el enamorado acariciando el vértice de nuestro espíritu. Entonces, un sabor eléctrico del siglo XVI escupe peces ciegos en nuestros libros favoritos y volamos. Volamos al planeta aquel que se esconde atrás de nuestros huesos juntos. El vinilo de los ajustes pitagóricos dilata la palpitación de los ángulos yugulares. Tres notas de afrodisia juvenil como el inicio de un poema mallarmiano sujeta estas piernas. El esmalte perla de mis uñas me ordena parar. Suena la uña. Suenan las pulseras tibetanas. Suenan los pensamientos disparatados de un futuro. Ya. Resuelto. Ahora. Ya. 

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