Wednesday, March 21, 2012

Uno de los micro-instantes por los que arriesgo tres chocolates blancos y exceso de cafeína; podríamos nombrarlo: ataraxia suave. Luego después entonces.  La armonía preestablecida en mis huesos se disloca, estanca o se vuelve un espectro.  Son las  orquestas ajenas de algún escalón espiritual no resuelto. Acribillado. O velado por algún dedo sin sol. Tres horas sin estar enamorada es aterrador. Enamorada de la vida, de usted, de todo. Luego después entonces. Me vuelvo tan terrible. Que me aterro de mí. Me vuelvo un infiernillo insignificante; va, a dónde va esta humanita con tanta prisa? Entonces, después, luego. Las horas no felices son un desperdicio no zen. ¡Qué intolerancia vivir sin aureola! Luego después antes en el futuro. Medito. En algún lugar me robaron la energía. Me tomo una vitamina. Un vaso de agua con extracto de plantas homeopáticas. Lavanda en la habitación. Exorcizar el espacio. Media hora de cabeza sobre almohada blanca. Un paseo por las rocas imaginarias de la playa en la mano de alguien muy querido. En pocas resonancias,  hago de todo por recuperar la vibración. Por destapar mi cuerpo. Por VIBRAR EN EL ELAN VITAL.  Muchas flores de naranjo sobre el coxxis y las pestañas. Plantas raras en el agua del baño. Ritualizar. Sacudir la cabellera. En definitiva el amor no entra en mi cuerpo. Han de ser los eclipses y las ideas occidentales del fin del mundo. Pero esta noche. Esta noche duermo bien serena otra vez. Y lo kitsch, ya no me molesta. Ya no me molesta nada esta noche. Estoy vibrando como amor amarillo. 


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