Tuesday, April 17, 2012

El día que murió la adicción por el diez.

Hoy  durante mi trayecto cotidiano en la carretera Ensenada-Tijuana,  vinieron a mi mente  algunas imágenes de mis compañeros estudiantes de filosofía. Algo así como 2004-2005, todos ellos mentes brillantes con inteligencia cognitiva poco común. Esos debates giraban hacia la construcción del “líder de la clase” o el que tenía más lecturas hasta el momento. Entonces, si querías “saber más”, o ser “más inteligente”, tenías que leer tres o cuatro veces más de lo que te dejaban en clase, y construir la mejor interpretación. Claro aquella que coincidía con la ideología en turno del docente.  Era un hacernos pedazos silenciosamente por crear una identidad del que “sabe más”. Aunque, debo resaltar que la búsqueda por el conocimiento en la mayoría era algo realmente genuino. Era algo que llevábamos en la entraña, en cada uno de nuestros órganos. Era ese deseo por explicarnos el infinito. Por eso, estábamos ahí, y no en otro lugar. Por ello, no nos importaban los discursos triviales sobre “la muerte de hambre” del filósofo. Deseábamos el discurso que contiene todos los discursos, es decir, la ciencia madre, la ciencia más ambiciosa de todas. Despuès, eso terminó, y sentí la satisfacción de conseguir dos “diez” con aquellos profesores que nunca le ponen “diez” a nadie.  Era como la continuidad de la identidad “nerd” que había construido desde la primaria y demás fases educativas. Era otra vez, lo mismo. Entonces, un día de la nada, apareció en mí, la reflexión sobre la poca nulidad o valor del “diez”. Ciertos días en que los premios y los diplomas de logros intelectuales, no me habían dado la fortaleza y claridad para resolver cosas de la vida cotidiana, situaciones sencillas, prácticas de la vida  en donde eso realmente no sirve para nada o sirve muy poco.  Con el tiempo, eso me llevó a descubrir la cualidad amorosa de los humanos iletrados, o de los humanos que no tienen acceso a la educación formal por así llamarlo. Y también eran sabios, y sabían cosas pequeñas pero certeras. En definitiva, existen esos días, donde ni los mejores libros ni los mejores discursos, te resucitan. Son esos días en los que aprendes a  percibir lo sereno y callado que es el transcurso de la vida, y también,  que la voracidad por el conocimiento, a veces no es una de las formas más eficaces para llegar a Ser. Al final, al inicio, al principio, el balance es una opción. El balance, la serenidad, la voluntad…es quizá la coordenada exacta donde uno tiene que estar, segùn la escalera espiritual en turno.





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