Sunday, August 25, 2013

Leer es kitsch

La primera vez que me encontré con Nietzsche, fue por allá en el noventa y siete en la biblioteca del ITESO. Los estantes de metal jalaron mis piernas a la cuadratura exacta donde respiraba inerte El Anticristo. Lo agarré como un destino innato que cierta idiosincrasia estoica en algún siglo desconocido había trazado para mí. Leí todo el libro esa tarde, y ese instante supremo me ayudó a resolver mi ausencia de Padres Nuestros durante las misas de mis últimos años. A los días, decidí abandonar Finanzas y estudiar Filosofía. Huí de casa, y pasé algún tiempo trabajando en un billar en un pueblo desconocido de Sinaloa. Nunca había trabajado, y durante esos días conocí la explotación. También a Marx. Otro destino a priori se cruzaba en mi ascendencia vital. Los pensamientos de Marx respondían al momento exacto de mi posición espacio-temporal en términos no sólo materiales sino también espirituales. Luego Miller me enseñó que era capaz de trasladarme a París de la nada, y así lo hice. No obstante, en este tiempo no volvería a Miller, mucho menos a Marx. Pero, insisto: las enseñanzas encriptadas en esas letras fueron empáticas con la explicación que mi vida necesitaba en esos tiempos. Encajaron. Así me pasó con Kant, con Hegel, con Heidegger. Gracias al multiverso no llegue a ellos por ninguna campaña de lectura, y que yo recuerde jamás les tome una fotografía para subirlos a My Space.

Esas lecturas eran cosas fundamentales para mí, eran todo mi cuerpo, mi respiración, mi sangre, y la voluntad entera de querer explicarme lo invisible, mi transito metafísico, y lo que está y no está en todas partes. Por eso, me fui a vivir a un cerro lejos de la ciudad, donde la atmósfera y el atardecer eran la compañía suficiente para mis ocho horas diarias de lecturas filosóficas. Eso, era el paraíso.

Las campañas de lectura no comprenden que cada humano en este mundo tiene una temporalidad interna, y que esa curiosidad es un tránsito existencial acorde a sus aprendizajes más esenciales, a los aprendizajes que esa voluntad despierta cuando el tiempo ha llegado al tiempo que tiene que llegar.

Por eso, hay humanos que leen pero no se les nota en la carne, no se les nota en el ritmo, y mucho menos en la mirada. Tal vez, no comprendieron nada. Tal vez, nomás leyeron porque les dijeron que tenían que leer.

Concluyo: “El camino de los libros no es el camino de lo absoluto”


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