Thursday, May 24, 2012

Tiempos de ciudad. Tiempos locales. Tiempos situados.


El tiempo de una ciudad lo construyen las vibraciones de los cuerpos que la recorren y transitan. La movilidad lleva implícita cierta carga energética, constituida desde la configuración lingüístico-mental de los individuos, hasta la decisión consciente o no consciente por situarse en un micro-punto en el espacio. Esto configura esferas fluyendo y permeando la geografía del lugar o los lugares. Entonces, es fácil percibir e imaginar los tiempos de las ciudades. Algunos más adelantados, otros más atrasados, otros en algún ángulo intermedio. Sin sonar reduccionistas. Por ejemplo, siempre he percibido totalmente distinta la vibración del centro de Tijuana a la del centro de Ensenada: los cuerpos caminan diferente. Piensan diferente. Cuando me ubico en una esquina del centro Ensenadense para observar en qué tiempo vive y habita toda esa gente, siempre supongo que viven como treinta años atrás que la gente que transita el centro de Tijuana. Realizo un viaje en el tiempo hacia atrás. Sin embargo, ese tiempo sólo lo percibo ahí. En otros micro-espacios a la redonda del centro, el tiempo fluye distinto. Y claro: hay demasiados tiempos en una sóla ciudad. Tiempos que a su vez, construyen un tiempo local y global, al mismo tiempo. Por eso, categorizar a las ciudades en términos de modernidad o posmodernidad es una traducción demasiado forzada, pues cada micro-esfera de la urbe sintoniza y es intervenida con los estadios temporales de los cuerpos que la atraviesan; en ese único e irrepetible tiempo. Algo similar, ocurre en Tijuana y también en cualquier otra ciudad: los micro-tiempos construidos por el tiempo universal están impregnados por la velocidad, ritmo y frecuencia de las corporalidades humanas. Por ello, en lugares donde no existe el estrés, la movilidad de los sujetos es lenta, es decir, no hay prisa por llegar a ninguna parte. En cambio, en un espacio saturado por dicho malestar, se sentirá que el tiempo no alcanza absolutamente para nada. En consecuencia, cada geografía territorial debería de tener su propio cronometro o reloj simulador del tiempo. No se puede medir, ni mucho menos conocer el tiempo de las ciudades bajo un mismo reloj. Esto mismo sucede para el tiempo personal de los individuos, que paradójicamente se agrupa con otros individuos que compartan la misma vivencia temporal, ya sea en términos de esta vida u otras. Así, la arquitectura temporal del universo cobra sentido y para comprenderla, es preciso pues, cultivar una des-estructuralizacion de nuestros mecanismos cartesianos de percepción. Necesitamos percibir implicadamente, es decir, desde cada micro-espacio con su micro-tiempo y luego interconectarlo por escalas de esfera a esfera, con el propósito de entender las jerarquías espirituales tanto de los humanos como de las ciudades que construyen y habitan. Todo con el fin de tener conocimientos que realmente tomen en cuenta el movimiento y que para conocer no necesiten lo fijo, ni los mismos esquemas tradicionales. Funes el memorioso, quizá pueda enseñarnos algo.

1 comment:

Miriam García said...

iu! está muy interesante la reflexión, la comparto. me pregunto si debo cambiarme de ciudad, si al hacerlo me llevaré el tiempo conmigo, si aprenderé a vivir sin esta sensación de relojes locos.

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