Tuesday, October 30, 2012






Una pirámide llena de monedas gringas doradas. Tres cactus de especies desconocidas sobre la barra de la ventana imaginaria. Un reloj suizo de plástico violeta. El estante lleno de libros de literatura italiana. Un esmalte de uñas rojo 680 revlon red. La leyenda: no duda, fe. Dibujada a mano en tinta negra sobre la pared. Las ventanas de dos redes sociales abiertas al mismo tiempo. Teclear en una computadora. Luego, en la otra. Mi piel adornada con esa fragancia diesel recién descubierta al azar. Laboratorio de ciencia y literatura. Es mi lugar. Sólo puedo pensar en ciencia como por diez horas. Después necesito pensar otras cosas. Armar literatura. Jugar literatura. Vivir literatura. A veces lo extraño, pero el oraculario virtual dice que usted está creativo. Entonces, mi mirada sobre mi silla vintage anaranjada me dice que deje de pensar. Quiero mi lipstick rosa favorito. Quiero todos los vestidos del mundo. Quiero volar en una nave popperiana y jalarte de los huesos. Quiero formular un futuro no imaginario con claves zen en frecuencia 824. Mi yo viejita monja tibetana zen. No piensa nada. Dicen que anda contemplando un atardecer en Nepal. Dicen que ya sólo piensa como cuatro horas al día. Y que el resto del día. Simula epojè.

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