Tuesday, January 01, 2013

Una K. en el siglo XIX.


El ciclo de lecturas filosóficas  ha regresado a mi cuerpo. Todos estos años anteriores, inmersa en la lectura de textos sobre educación, estadísticas, y una que otra ciencia social; sólo sirvió para otorgarle un descanso a mi espíritu. Todas esas explicativas de índole pragmática y utilitarista no fueron más que unas vacaciones que me desvirtuaron de mi búsqueda esencial. Estoy totalmente de acuerdo con Popper, cuando dice que la única finalidad del conocimiento científico ha de ser la de generar conocimiento nuevo y, ese conocimiento, aspirará sobre todo a preguntas de índole cosmogónica. No obstante, hoy la mayoría se conforma con las respuestas que la experiencia empírica -ese gran obstáculo epistemológico según Bachelard- arroja en primera  instancia en el plano de lo concreto. Luego entonces, regresando al ciclo de lecturas filosóficas en mi vivencia inmediata, reconozco ese tiempo sentido en el que  entro a otra dimensión, a otra frecuencia; pues mi yo subjetivo entra en el ámbito de juegos intelectuales que requieren una voluntad ascendente –en términos de Nietzsche- para poder aspirar a entendimientos de escalas más elevadas a las que nos habitúa el mecanicismo. Siento que el tiempo entero de mi cuerpo cambia. Mi tiempo celular, mi tiempo sensible, mi tiempo meditativo, y que quizá, las preguntas son siempre las mismas, pero que la naturaleza del lenguaje con la que concibo mis explicaciones actuales han tornado ya en otra substancia. Además, esa sensación de vivir atrapada en el lenguaje se vuelve amistosa en esas épocas en las que el espíritu mismo sabe que los paseos por estos torbellinos conceptuales no han sido agotados, y que una misma no está lista para partir. En este caso, considero necesario la conjunción de las lecturas científicas- filosóficas con las lecturas literarias. Lo abstracto llena de aire la mente, y después, le es difícil adecuarse a los requerimientos de la mundanidad habitual. Vivir en una burbuja de abstracción es separarse de la trivialidad del mundo, sin embargo, es importante percatarse de ello, para no tornarse un sujeto insípido sin sentido del humor. Además, la maternidad, como vivencia diaria de una mujer pensante, no arroja los destellos necesarios para abismarse en el pensamiento. Tiene una que viajar en varios canales durante el día y tener la suficiente claridad, para no abandonar las ideas. En pocas palabras, la tesis central de estos renglones, solamente tiene el deseo de expresar, que estoy regresando a un tiempo en el que no había habitado durante los últimos cinco años, y que aun, no comprendo el motivo de este regreso.

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